Cito una y otra vez, cuando quiero ser preciso en mis teoría de lo real maravillo, el prólogo de Crónicas Habaneras, donde Graziella Pogolotti, lo definen como “la capacidad de “saber ver” y de “poder sentir”, de “padecer” una irremediable fiebre de curiosidad”. Es así que, que inmerso en la curiosidad propia de un los realista mágico, recorro la Plaza de la Catedral, mirando hacia abajo, sin percatar si quiera, su circundante conjunto de edificaciones patrimoniales. La plaza de la Catedral de La Habana, fue construida sobre el lodazal conocido como la Plaza de la Ciénaga, debido a que en ella desembocaba el Callejón del Chorro, rama de la Zanja Real, primer acueducto de La Habana, y así y para ello, se utilizaron miles de adoquines, que rellenaron en alineación perfecta, la plaza y calles aledañas. Dicho como uno más de mis relatos, esta técnica constructiva que tiene milenios, pues en las antiguas ciudades cartagineses y romanas lo utilizaban para fortalecer sus calzadas, no tiene na...
El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.